martes, 28 de mayo de 2013

Todo

Todo, absolutamente todo, se reduce a ella.
O más bien debería decir que todo se eleva a ella,
pues todo no es más que una subordinación
de ella misma.

Ella, ella, ella y quince veces ella. Maldita sea.
La de veces que la tuve enfrente, a mi lado;
la de veces que la abracé, que la cogí de la mano...
mas nunca la besé.

Nunca la besé. ¿Son sus labios ambrosía?
¿Es su saliva miel? No sé. Me mata la sed.
Triste Tántalo, esclavo de la negación,
nunca la besé.

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